martes, 4 de junio de 2013

Esa maldita sensación

La fría noche envuelve las calles  y en mi pecho una extraña sensación golpea es una especie de angustia que con cada respirar va subiendo de intensidad, es un sentimiento insufrible de vacía soledad
Giro la cabeza, cierro los ojos, pero las imágenes revolotean imponiendo su tétrica figura en mi mente
malditos recuerdos que hoy golpean a la puerta y se niegan a volver por donde llegaron
Las manecillas del reloj siguen con su parsimonioso caminar, pero los ruidos de su movimiento se convierten en explosiones atronadoras en mi mente agitada por las imágenes vívidas de una felicidad que ya no existe
Segundo tras segundo, minuto tras minuto, y en unos instantes la vida parece haberse convertido en una tortura eterna que no llegará a su final
¿Qué querrán de mí estos malditos recuerdos? La felicidad de aquellos días ya no está, lo sé muy bien, pero el esfuerzo estoico de cada día me ha ayudado a superarlo. O tal vez no
Recuerdos, imágenes borrosas y el barullo de un juvenil grupo riendo sin parar rompen la ataraxia del cotidiano trajinar
Tic tac, tic tac, se escucha al reloj caminar pero el tiempo parece haberse aliado con los recuerdos para la tortura.
Han pasado apenas cinco minutos, no más, pero en mis ojos han parecido una eternidad
La fría noche envuelve las calles
y en mi pecho una extraña sensación golpea
es una especie de angustia que con cada respirar va subiendo de intensidad

Tic, tac, tic, tac, se escucha al reloj y la tristeza sigue creciendo en una noche que no piensa llegar a su final.

domingo, 2 de junio de 2013

Una historia

El taxi se detuvo frente al acceso principal del hotel en el que se hospedaba. Luego de pagarle al chofer el importe del viaje desde el centro hasta el lugar, cumplió con el protocolar saluda de “que tenga un buen día” y después descendió del auto.

Su gran figura no pasó desapercibida para los peatones que por ahí pasaban. Tenía 1,75 metros de altura y unos 120 kilos. Vestía un elegante traje negro, acompañado de una camisa blanca y una corbata azul. Los grandes ojos marrones se escondían detrás de unos anteojos para ver, el cabello negro y la barba cuidada le daban cierto de aire intelectual.

Algunos de los que pasaban por ahí parecieron reconocerlo, a otros poco y nada les importo quién era aunque no podían evitar mirarlo bien al pasar cerca de él.

Con la mirada puesta en el piso –cómo siempre suele hacerlo-, caminó con el paso firme y sostenido hacia el vestíbulo del hotel. Apenas al verlo, la recepcionista preparó la llave de su habitación y con una amplia sonrisa le saludó. Pero el saludo fue apenas respondido con un sonido gutural apenas entendible.

Mientras se dirigía al ascensor, una mujer de unos 40 años reconoció al hombre que algunas semanas atrás había ocupado páginas de varios diarios del país. El reconocido escritor paraguayo que había conseguido un premio internacional por sus novelas y poemas.

La mujer, una rubiona de peluquería con los ojos celestes, se detuvo y lo saludó. Nunca le había gustado el tener que socializar, era algo que había detestado toda su vida y por lo que gruñó toda una semana cuando le llegó la notificación de que debía asistir a una cena de gala con motivo de su premiación.

A lo largo de los varios minutos que le habló la mujer, trató de mantener los modales cumpliendo incluso con la obligatoria foto. Sin embargo, hubo un momento en el que estuvo a punto de estallar.

“Seguramente tendrá muchas mujeres enamoradas de usted”, le dijo. Casi sin darse cuenta, frunció el ceño y miró con enorme desdén  a aquella mujer que se había ganado su desprecio.

Hablarle de amor al escritor era como hablarle de la cosa más desagradable sobre la faz de la tierra. En sus poco más de dos décadas de vida, había tenido una desastrosa experiencia detrás de la otra pese a que se pasa escribiendo sobre las maravillas de aquel empalagoso sentimiento.

Rápidamente buscó alguna excusa barata para zafar de la mujer y subir corriendo al ascensor mientras sus puertas se cerraban detrás de él.

Una vez en su habitación, en el piso 11 de aquel hotel, encendió su computadora y cargó su pipa con un poco de tabaco con sabor a vainilla. Corrió las cortinas y sentado a la ventana cerró los ojos buscando encontrar en algún rincón de su mente la forma de continuar con la historia de su nuevo personaje.

Pero de pronto, una extraña angustia se apropió de él y fue subiendo de intensidad con cada minuto. En su pecho parecía un pequeño balón que se iba inflando con cada inhalación, complicándole cada vez más la respiración.

Era esa sensación de cada noche al verse solo en la cama. No se trataba de una soledad de pareja, sino una soledad aún mucho más profunda, grave, dolorosa, lacerante. Era el saber que pese a los halagos de multitudes, cada día se encontraba más solo en el mundo.

Le echó un vistazo rápido a su celular, como esperando que en ese instante llegase el mensaje esperanzador de algún amigo. Una taza de café que durara horas y horas de conversación le bastaría. Pero el estúpido aparato no le servía para otra cosa que tirar alguna que otra frase cada tanto en el Twitter y para nada más.

Quiso llamar a algún amigo. Comenzó a buscar en el directorio, pero de pronto se dio cuenta que más de uno le había dicho varias veces que no tenía tiempo o que no le importaban sus cuestiones.

Por momentos se le vino a la cabeza la lista de las mujeres que alguna vez habían sido importantes para él, que le habían inspirado sus novelas e historias más fuertes. Para alguna él debería haber representado algo, dejado alguna marca en su vida.

Luego de dos intentos vanos se dio por vencido. Por la ventana la luz del sol se metía de pleno mientras de a poco se iba ocultando en el horizonte. Caminaba dando círculos pequeños en la habitación, buscando alguna esperanza, algún punto de alivio.

“Esa vieja de mierda”, maldecía pensando en aquella rubia que lo había detenido en el vestíbulo del hotel.

Luego de varios minutos dando vueltas sin ir a ningún lugar, se terminó rindiendo y se sentó sobre la cama.

Con la mirada perdida fija en la pared blanca, no pudo evitar que una solitaria lágrima surgiera de sus ojos para recorrer su mejilla. Trató de contenerse, como lo había hecho en otras oportunidades, pero no lo consiguió. Y a la primera, siguieron otras lágrimas que empaparon su rostro.

En medio de la desesperación, su mirada encontró un frasco de barbitúricos. Sin dudar, lo tomó entre sus manos. Sacó la tapa, dudó algunos segundos, pero luego sin chistar se tragó todos los comprimidos. Eran unos diez, quizás quince.

Luego se acostó en la cama y con el rostro lleno de lágrimas esperó el momento final.

El Atlante